En casi todas las sobremesas familiares hay alguien que lo suelta tarde o temprano: «los idiomas hay que aprenderlos de pequeño; a mi edad ya no se te queda nada». Suele decirlo con la seguridad de quien lleva treinta años sin intentarlo.
Es falso en casi todo lo que importa. Aprender idiomas de adulto es perfectamente posible a los 30, a los 50 y a los 70. Lo que cambia con la edad no es la capacidad de aprender, sino las condiciones: menos tiempo, más vergüenza y, a cambio, una cabeza que sabe estudiar. Lo que se sabe sobre edad y segundas lenguas apunta, a grandes rasgos, a esto: los niños que crecen rodeados de un idioma acaban con mejor acento, y los adultos avanzan más deprisa al principio, sobre todo en vocabulario y gramática. Con eso se puede trabajar.
Los mitos que frenan a la hora de aprender idiomas de adulto
«Los niños aprenden sin esfuerzo»
Un niño de seis años lleva miles de horas oyendo su lengua, con adultos que le hablan despacio, le repiten todo y le celebran cada palabra nueva. Y aun así habla como un niño de seis años. Con esas condiciones tú también aprenderías «sin esfuerzo». Como no las tienes, necesitas método, y seguir un método es precisamente lo que un adulto hace mejor que un niño.
«Tengo muy mala memoria»
Con las palabras de un idioma nuevo, todo el mundo tiene mala memoria si las ve una sola vez. La diferencia está en el repaso. Una palabra que vuelves a ver en el momento justo, varias veces y cada vez más espaciadas, se queda a los 25 años y a los 70. A los 70 quizá necesite un par de repasos más, y poco más que eso.
«Nunca tendré buen acento»
Acento nativo, probablemente no. Tampoco lo necesitas. Lo que necesitas es que se te entienda, y eso se consigue a cualquier edad escuchando mucho a hablantes nativos e imitándolos en voz alta. Media Europa habla inglés con acento y se entiende de maravilla.
«Para qué, si ya no lo voy a usar»
A lo mejor no lo necesitas para trabajar. Pero leer una novela en italiano, entender a la familia alemana de tu yerno o pedir en un bar de Lisboa sin señalar con el dedo son motivos de sobra. Nadie te va a pedir un certificado para eso.
Las ventajas reales de aprender de adulto
Ya dominas un idioma, y eso ayuda más de lo que parece. Si hablas español, el subjuntivo del italiano, del francés o del portugués no te asusta: lo usas a diario sin pensarlo. Y buena parte del vocabulario culto del inglés viene del latín, igual que el tuyo: necessary, possible, opportunity, information. Un niño inglés aprende esas palabras tarde; a ti te vienen casi regaladas.
Además sabes leer con atención, buscar lo que no entiendes y preguntar por qué. Entiendes una explicación de gramática a la primera, o a la segunda. Eliges qué estudiar y para qué. Y sabes algo que ningún adolescente acepta: que lo que vale la pena lleva meses.
A los 30: el problema es el tiempo
Trabajo, quizá hijos pequeños, y la sensación de que el inglés «ya debería estar». A esta edad el idioma suele tener un motivo laboral: un ascenso, una entrevista, una oferta en otro país. El objetivo típico es un B2, que es lo que piden muchas empresas (qué significa de verdad tener un B2).
Lo que funciona son sesiones cortas pero diarias, pegadas a rutinas que ya tienes: el transporte, la pausa de la comida, el rato en que los niños por fin se duermen. Veinte minutos en el metro todos los días valen más que una academia los sábados a la que faltas una vez de cada tres. Y ponte una fecha: un examen, aunque sea dentro de un año, ordena mucho la semana.



